Funcionarios

Me llega por correo electrónico (gracias, Montse) un artículo de Ernesto Sierra Moralejo, funcionario del grupo A. No le conozco, es la primera vez que leo su nombre, ni siquiera sé si verdaderamente esto es suyo, pero difícilmente se puede hallar un texto que explique mejor y más precisamente lo que muchos pensamos en este momento. Conste, no soy funcionario, pero le doy la razón en lo que dice y tengo a mi lado a alguien esencial en mi vida que seguro que podría verse retratada. Las líneas siguientes no son, por tanto, del titular del blog, sino de don Ernesto Sierra, cuyas palabras secuestro para reiniciar esta Visión parcial que llevaba un mes parada.

Resulta que en la década prodigiosa del pelotazo, cuando media España se lo llevaba caliente a casa, cuando un encofrador sin estudios se embolsaba tres mil euros, cuando hasta el último garrulo montaba una constructora y en connivencia con un par de concejales se forraba sin cuento, cuando un gañán que no sabía levantar tres ladrillos a derechas se paseaba en Audi, los funcionarios aguantaban y penaban. Nadie se acordaba de ellos. Eran los parias, los que hacían números para cuadrar su hipoteca, hacer la compra en el Carrefour y llegar a fin de mes, porque un nutrido grupo de compatriotas se estaba haciendo de oro inflando el globo de la economía hasta llegar a lo que ahora hemos llegado.

Y ahora que el asunto explota y se viene abajo, la culpa del desmadre… es de los funcionarios. Los alcaldes, diputados y senadores que gobiernan la cosa pública a cambio de una buena morterada no son responsables de nada y nos apuntan directamente a nosotros: somos demasiados, hay que ultracongelarnos, somos poco productivos. Los responsables bancarios que prestaron dinero a quienes sabían que no podrían devolverlo tampoco se dan por aludidos. Todos los intermediarios inmobiliarios, especuladores, amigos de alcalde y compañeros de partida de casino de diputado provincial no tenían noticia del asunto. Nosotros sí. Como diría José Mota: ¿Ellos? No. ¿Nosotros? Sí. ¿Siendo así que ellos? No. Por tanto, ¿nosotros? Sí.

La culpa, según estos preclaros adalides de la estupidez, es del juez, abogado del Estado, inspector de hacienda, administrador civil del Estado que, en lugar de dedicarse a la especulación inmobiliaria a tocateja, ha estado cinco o seis años recluido en su habitación, pálido como un vampiro, con menos vida social que una rata de laboratorio y tanto sexo como un chotacabras, para preparar unas oposiciones monstruosas y de resultado siempre incierto, precedidas, como no podía ser de otra forma, de otros cinco arduos años de carrera; del profesor que ha sorteado destinos en pueblos que no aparecen en el mapa para meter en vereda a benjamines que hacen lo que les sale de los genitales porque sus progenitores han abdicado de sus responsabilidades; del auxiliar administrativo del Estado natural de Écija y destinado en Barcelona que con un sueldo de 1000 euros paga un alquiler mensual de 700 y soporta estoicamente que un taxista que gana 3000 le diga: joder, qué suerte, funcionario.

La culpa es nuestra. A poco que nos descuidemos, nosotros los funcionarios seremos el chivo expiatorio de toda una caterva de inútiles, vividores, mangantes, políticos semianalfabetos, altos cargos de nombramiento digital, truhanes, pícaros, periodistas ganapanes y economistas de a verlas venir que sabían perfectamente que el asunto tarde o temprano tenía que petar, pero que aprovecharon a fondo el momento al grito de mientras dure dura, y que ahora, con esa autoridad que da tener un rostro a prueba de bomba, se pasan al otro lado del río y no solo tienen recetas para arreglar lo que ellos mismos ayudaron a estropear, sino que, además, han llegado a la conclusión de que los culpables son… los funcionarios.

Soy funcionario. Y titulado superior. Funcionario de carrera por oposición ganada compitiendo en buena lid contra miles de candidatos. ¿Y saben qué? No me avergüenzo de nada. No debo nada a nadie (solo a mi familia, maestros y profesores). No tengo que pedir perdón. No me tocó la lotería. No gané el premio gordo en una tómbola. No me expropiaron una finca. No me nombraron alto cargo, director provincial ni vocal asesor por agitar un carné político que nunca he tenido.

Aprobé frente a tribunales formados por ceñudos señores a los que no conocía de nada. En buena lid: sin concejal proclive, pariente político, mano protectora ni favor de amigo. Después de muchas noches de desvelos, angustias y desvaríos y con la sola e inestimable compañía de mis santos cojones. Como tantos y tantos compañeros anónimos repartidos por toda España a los que ahora algunos mendaces quieren convertir, por arte de birli-birloque, en culpables de la crisis.

Amigos funcionarios, estamos rodeados de gente muy tonta y muy hija de puta.

PD. Si alguien, en cualquier contexto, os reprocha —como es frecuente— vuestra condición de funcionario os propongo el refinado argumento que yo utilizo en estos casos, en memoria del gran Fernando Fernán-Gómez: «váyase usted a la mierda, hombre, a la puta mierda».

Si eres funcionario, pásalo a toda España. Si no lo eres pero estás de acuerdo, también.

Han vuelto

No son pocos los que, como el nobel Paul Krugman en un artículo reciente, creen que Europa está reproduciendo cada vez más fielmente los años treinta del siglo pasado. No solo la crisis económica se parece a la de aquella época: resultados como los obtenidos por Marine Le Pen en la primera vuelta de las presidenciales francesas añaden inquietud al futuro del continente.

Le Pen no es la única que ha lanzado mensajes ultranacionalistas en la campaña electoral. Sarkozy se descolgó un día con una propuesta para reformar el Acuerdo de Schengen de modo que se restrinja la entrada de extranjeros en los Estados de la Unión. Y tampoco es Francia el único país que transita por caminos tan vidriosos: la reciente reforma constitucional húngara y los resultados de partidos ultraderechistas como el Partido por la Libertad (tercero más votado en las elecciones holandesas de 2010 y en la coalición de gobierno hasta hace unos días) o los Auténticos Finlandeses (un 19 % en las elecciones del año pasado) son otros ejemplos —la lista es más larga— del relativo auge de grupos políticos que nos conectan, efectivamente, con los años treinta.

En España, la ministra de Sanidad, miembro de un partido al que no se le supone homologable con los citados sino fundado sobre el humanismo cristiano, ha señalado la asistencia a algunos extranjeros como una de las causas de la crítica situación del sistema público de salud. En consecuencia, a finales del verano los extranjeros sin papeles perderán su derecho a la atención sanitaria. Además de que el ahorro que se argumenta es más que discutible (los enfermos crónicos sin acceso a atención primaria recurrirán a las urgencias, a las que seguirán teniendo derecho —solo faltaba— y que son más caras) y del riesgo sanitario para la población general que acarrea la falta de control sobre ciertas enfermedades infecciosas, la obsesión por cuadrar las cuentas a cualquier precio puede tener consecuencias dramáticas.

El doctor Federico Pulido, especialista en VIH en el Hospital Universitario 12 de Octubre de Madrid, lo explica con total claridad en una estremecedora carta al director que debería ser de lectura obligatoria. Al perder su tarjeta sanitaria, los extranjeros en situación irregular que él atiende dejarán de recibir su tratamiento antirretroviral. Y, muy probablemente, morirán.

La nauseabunda práctica de estigmatizar a los extranjeros responsabilizándolos de los males de la patria cruza de nuevo Europa. Sus ideólogos han vuelto. O quizá nunca llegaron a irse.

Cuarenta en clase

Los nuevos dioses tienen tanta sed de sangre como los antiguos y entre las víctimas que los mercados exigen sobre el altar del sacrificio también está la educación. Nos han anunciado que volveremos a ratios por aula propias de otras épocas.

El ministro del ramo —que por lo que me cuentan era un señor que daba mucho juego en las tertulias y lo mismo iba a vela que a vapor, es decir, que no le hacía ascos a que le pagaran en Intereconomía o en la SER— ha dicho, parece que sin sonrojo, que con más alumnos por clase mejorará su socialización. O sea, que se sigue comportando como un tertuliano de toda la vida. Sinceramente, que un ministro me parezca más o menos incompetente no me sorprende mucho: hay tradición. Sí me sorprende, en cambio, que tanta gente haya reaccionado con aquello de «pues en mi época éramos cuarenta o cuarenta y tantos en clase y aquí estamos, no pasaba nada». Que argumentos así me descoloquen no es tanto por lo estrictamente educativo, sino porque son profundamente reaccionarios. «Éramos cuarenta y tantos en clase y no pasaba nada» es muy similar a «cuando no había autovía también íbamos a Burgos» o, como bien saben mis amigos que se ganan —y se dejan— la vida en la edición, a «antes de Gutenberg también había libros».

Mucho ojo, porque el argumento que subyace es perverso. Por una parte, más alumnos por clase y más horas lectivas por profesor significa menos empleo docente (menos autovías y menos libros también es más paro); pero por otra es aún más turbio: nos están proponiendo —y lo estamos comprando— que muchos de los avances sociales, laborales, culturales y técnicos (verdaderas conquistas muchos de ellos) no son solo coyunturalmente difíciles de mantener, sino inviables o, aún peor, lujos innecesarios. Lo inquietante no es que desde el poder político (o lo que quede de él) y desde el poder financiero (o sea, el de verdad) traten de imponer un regreso al siglo XIX: lo verdaderamente sobrecogedor es que nos colguemos de su brazo para desandar el camino.