Hasta el gorro

Cinco semanas sin publicar nada. Los arranques de curso tienen estas cosas: lo invaden todo y apenas dejan hueco para nada más. Pero no es la única razón: estamos viviendo un momento en el que parece imposible dar con el tiempo y el ritmo y el sosiego para hablar. Las urgencias nos acaloran y se tiene la sensación (yo la tengo) de que llevamos demasiados meses (¿años?) improvisando y que cada medida que se toma bajo la presión de una realidad acuciante e inmediata es un paso más en la destrucción del futuro.

«Tristeza civil» fue la expresión que Muñoz Molina utilizó en un breve artículo publicado en su web hace un par de semanas. Me la apropio: es lo que siento. Como muchos otros ciudadanos asisto casi estupefacto al espectáculo. Responsables de la sanidad pública que amenazan con sacar las mamografías de la cartera básica de servicios que presta el sistema nacional de salud; ministros de Educación y Cultura que desconocen cómo funciona el IVA, que se atreven a trazar una línea entre cultura y entretenimiento, y que montan una reforma educativa sobre la base de una interpretación de los informes PISA que los hacen parecer la Champions League; parlamentarios que tienen varias viviendas en Madrid pero que cobran dietas al estar elegidos por otra circunscripción (y alguna, como premio, es nombrada presidenta de la Comisión Nacional del Mercado de Valores); encargados de garantizar nuestros derechos fundamentales que anuncian que quieren restringirlos (ellos dicen «modular» pero todos nos entendemos); gobernantes que acaban con las becas de comedor escolar y privan a muchos niños de la única comida decente que hacían al día; tasas de estudios universitarios que se disparan e impiden a muchos estudiantes continuar con su formación (y encima no sirve para evitar el despido de montones de docentes)… La enumeración es agotadora.

Yo creo que la política es imprescindible, que los políticos son imprescindibles, que la representación legítima de la soberanía está en el Parlamento; no me convencen las campañas de trazo grueso contra «la clase política», pero nos lo están poniendo demasiado difícil. Y por si teníamos poco, el nacionalismo catalán y el nacionalismo español reaparecen con todo su dudoso esplendor.

El nacionalismo me despierta un lado categórico y convencido que hasta a mí mismo me sorprende, pues soy cada vez dueño de menos certezas. Como no quiero calentarme más de la cuenta, me voy a limitar a aportar un par de citas de artículos que se encuentran entre los que me han ayudado a componer mi opinión sobre esta rémora decimonónica trágica y folklórica (y perdón por las esdrújulas).

En primer lugar, un artículo de Javier Cercas que recurre al evangelio e identifica el nacionalismo de los otros con la paja en el ojo ajeno; la viga, en el propio: «el nacionalismo es una fantasía siniestra a la que entre otras cosas debemos las dos guerras más devastadoras de la historia, pero no se le combate con un nacionalismo contrario (o con máscaras o sucedáneos del nacionalismo), sino como a cualquier otra creencia irracional: con la razón. Y la razón sólo se empieza a tener cuando, antes de denunciar el nacionalismo ajeno, se denuncia el propio».

La segunda cita es de un artículo de Savater nada menos que de 1999, escrito justo tras la intervención de la OTAN contra la Serbia de Milošević. Los últimos párrafos (que incluyen referencias a Enzensberger y a Ignatieff) arrancan con una demoledora afirmación: «Una de las lecciones feroces de este fin de siglo es que nada empeora tanto a una persona como convencerla de que pertenece a un pueblo».

Lo siento. Las multitudes enarbolando banderas (sean senyeres estelades en Sant Jaume, rojigualdas en Colón o tricolores en Neptuno) me causan la misma náusea (y el mismo miedo), y no puedo evitar que me evoquen las siniestras concentraciones nazis de Núremberg (también imagino que lo propio es que marchen al ritmo que les marque la cabra a la que siguen). No me hacen ninguna gracia los ministros de Educación que se proponen españolizar a los niños catalanes (¿qué diablos será eso de españolizar niños?), no me gusta oír himnos nacionales (sean de segadors o chunda-chundas sin letra) convertidos en tono de llamada de móvil, me aburren hasta el cansancio los textos que nombran varias veces por línea a la nación, lo nacional, la identidad, el derecho a decidir…

Y mañana, desfile.

Libros de texto

La brutal subida del IVA del material escolar decidida por el Gobierno y medidas de recorte como la supresión de las becas para libros de texto en algunas comunidades  —junto al anteproyecto de enésima ley orgánica educativa, las decisiones ya tomadas sobre Educación para la Ciudadanía y el incremento de tasas en las enseñanzas públicas de grado y de posgrado— están marcando el comienzo del curso 2012/2013.

Los libros de texto (cuyo IVA, por cierto, no varía) se han visto envueltos en un huracán del que están saliendo muy malparados. Y muy injustamente, en mi opinión. Por ejemplo, el viernes pasado llegó un correo de Change.org, en el que se pide la adhesión a una petición cuyo título es «Por un precio justo para los libros de texto», cosa que parece muy razonable. Lo que ya no lo parece tanto es que el encargado de lanzar los correos para propagar la petición, colocara en el asunto «El timo del libro» y se quedara tan ancho. Si uno busca atentamente en el texto de la petición de Elena Alfaro, la palabra timo no aparece en ninguna parte. Mal empezamos.

No he firmado la petición y no pienso hacerlo. La razón no está en que me haya parecido mal la estupidez de llamar timo a los libros de texto. En principio, ya está dicho líneas arriba, me parece razonable que tengan un precio justo, a quién no. No solo que tengan un precio justo, sino que se mantengan y se amplíen todo lo posible las ayudas públicas para su adquisición. Pero hay otras cosas que se proponen en la petición (y que se están oyendo y leyendo mucho estos días) que no puedo compartir.

Hay una especie de consenso universal en fomentar el intercambio y la reutilización de los libros. Pues yo disiento. Creo que todos los alumnos tienen derecho a usar libros nuevos, que pueden (y deben) subrayarlos y hacer anotaciones sobre ellos para estudiar y que no se les puede impedir que conserven, acabado el curso, los libros que quieran (como yo guardo aún aquellos libros de Lengua y de Literatura de COU que escribieron Lázaro Carreter y Vicente Tusón para Anaya).

Es perfectamente comprensible que las familias (o los propios chavales si son mayores) se organicen para hacerse con los libros a menor precio comprándolos de segunda mano o gratis mediante distintas formas de intercambio. Pero es inaceptable que eso se implante de forma oficial desde las administraciones educativas para tratar de salvar la cara tras suprimir las becas. Vivo en Madrid y es el caso que conozco: la Comunidad se carga las ayudas para libros y material escolar mientras anuncia un programa de intercambio y reutilización. Es decir, los alumnos de familias con mayores recursos económicos estudiarán con libros nuevos y los demás, no.

Gratuidad universal de libros de texto, tampoco: umbrales de renta, como para las becas de carácter general y que los que puedan pagar los libros, los paguen, y los que no, obtengan ayudas para adquirirlos. Políticas redistributivas también para esto. (El capítulo sobre la veracidad de las rentas familiares declaradas, otro día; a lo mejor la Educación para la Ciudadanía habría contribuido a ir acabando con lo de engañar al fisco y presumir de hacerlo; nunca lo sabremos).

Queda un aspecto muy importante en el que nadie parece reparar mucho (salvo los propios afectados, claro). Las editoriales, grandes y pequeñas, que se dedican al libro de texto y los empleos que generan no pueden quedar fuera de la reflexión sobre este asunto. Autores, editores, ilustradores, correctores, revisores científicos, maquetistas… ven su trabajo en peligro cada vez que este debate se abre; a unos pocos les pongo cara, nombre y apellidos. Obligar a la reutilización de libros tendría un impacto brutal sobre un sector ya bastante tocado. Por no hablar de las imprentas. Conozco no de primera mano, sino de mi propia mano, la elaboración de un libro de texto escolar; sé lo mal que se paga a muchos de los actores del proceso (con titulación superior la mayoría) y no ignoro las dificultades que las administraciones educativas añaden a su trabajo.

La solución, por tanto, no puede tener como efecto que se produzca menor cantidad de libros; no nos podemos quejar de medidas de recorte que dinamitan las posibilidades de crecimiento y de creación de empleo, y exigirlas a continuación en un sector determinado, comprometer su supervivencia, poner en peligro miles de puestos de trabajo y, por cierto, bloquear sus proyectos de desarrollo en el ámbito de las nuevas (o ya no tan nuevas) tecnologías.

A pesar de todo, feliz curso 2012/2013.

Cuarenta en clase

Los nuevos dioses tienen tanta sed de sangre como los antiguos y entre las víctimas que los mercados exigen sobre el altar del sacrificio también está la educación. Nos han anunciado que volveremos a ratios por aula propias de otras épocas.

El ministro del ramo —que por lo que me cuentan era un señor que daba mucho juego en las tertulias y lo mismo iba a vela que a vapor, es decir, que no le hacía ascos a que le pagaran en Intereconomía o en la SER— ha dicho, parece que sin sonrojo, que con más alumnos por clase mejorará su socialización. O sea, que se sigue comportando como un tertuliano de toda la vida. Sinceramente, que un ministro me parezca más o menos incompetente no me sorprende mucho: hay tradición. Sí me sorprende, en cambio, que tanta gente haya reaccionado con aquello de «pues en mi época éramos cuarenta o cuarenta y tantos en clase y aquí estamos, no pasaba nada». Que argumentos así me descoloquen no es tanto por lo estrictamente educativo, sino porque son profundamente reaccionarios. «Éramos cuarenta y tantos en clase y no pasaba nada» es muy similar a «cuando no había autovía también íbamos a Burgos» o, como bien saben mis amigos que se ganan —y se dejan— la vida en la edición, a «antes de Gutenberg también había libros».

Mucho ojo, porque el argumento que subyace es perverso. Por una parte, más alumnos por clase y más horas lectivas por profesor significa menos empleo docente (menos autovías y menos libros también es más paro); pero por otra es aún más turbio: nos están proponiendo —y lo estamos comprando— que muchos de los avances sociales, laborales, culturales y técnicos (verdaderas conquistas muchos de ellos) no son solo coyunturalmente difíciles de mantener, sino inviables o, aún peor, lujos innecesarios. Lo inquietante no es que desde el poder político (o lo que quede de él) y desde el poder financiero (o sea, el de verdad) traten de imponer un regreso al siglo XIX: lo verdaderamente sobrecogedor es que nos colguemos de su brazo para desandar el camino.