Problema resuelto: al fútbol

Como gracias a «lo de ayer» la situación está resuelta, me voy al fútbol. España se va al fútbol cada vez que se resuelve una situación límite. Y con éxito indiscutible.

En 2008, cuando el presidente anterior llamaba «desaceleración» al abismo en el que nos hundimos un poquito más cada día, nos fuimos al fútbol y la selección española ganó la Eurocopa; en 2010, poco después de que el Gobierno nos salvara de la intervención con la bajada de los sueldos de los empleados públicos y un recorte en gasto social que entonces nos pareció que jamás se superaría, nos fuimos al fútbol y la selección ganó el Mundial; en 2012, el Gobierno —esta vez con otro presidente, pero igual de redentor— vuelve a salvarnos de la intervención y, con la lógica habitual, nos vamos al fútbol. A pesar del empate con Italia, se da de nuevo la condición básica que garantiza el triunfo: un Gobierno mesiánico.

Somos un país afortunado. Nuestros gobernantes siempre están al quite para meter el capote y aliviarnos de las inciertas embestidas de las sucesivas crisis; bueno, y eso sin contar el capote de la virgen del Rocío, que también está muy atenta la reina de las marismas. También tenemos el mejor sistema financiero del mundo y alcadesas prodigiosas. Nuestras instituciones funcionan y no hace falta reformarlas porque nuestros partidos políticos se encargan de que estén verdaderamente al servicio de los ciudadanos. Para qué seguir. La enumeración de los méritos de la clase dirigente española sería demasiado prolija y está en la mente de todos.

Yo soy español, español, español, español. Dejémonos de desconfianzas y vámonos al fútbol, que la cosa, bien claro está, se queda en buenas manos. Yo me quiero ir a Polonia con mi chica. Y que se vengan el rey y la reina, el príncipe y la princesa, Rajoy y señora, Dívar y su escolta.

El Roto. El País, 12 de junio de 2012.

El Roto. El País, 12 de junio de 2012.

Sin crédito

De entre las frases que estamos escuchando desde que comenzó esta crisis inacabable, hay una particularmente insistente: «no hay crédito» o su variante «tiene que volver a fluir el crédito» nos martillean a diario. Se repite como un mantra en su sentido más literal: se ha convertido casi en una invocación a la divinidad (¿los mercados?) o como apoyo a la meditación (fatalismo hindú incluido).

Sin embargo, no es esta la única falta de crédito que debería preocuparnos, ya que no solo es la economía lo que parece estar viniéndose abajo. Antes de que las urgencias de la crisis lo abarcaran casi todo, ya se había puesto sobre la mesa la necesidad de introducir algunos retoques a la Constitución. Si no recuerdo mal, la preferencia del varón en la sucesión a la Corona, el papel del Senado o la mención expresa de la pertenencia la Unión Europea, fueron, entre otros, asuntos cuya reforma en la Carta Magna era casi universalmente aceptada. Pocos años después, y casi aturdidos por la situación económica, no hay una sola alta institución del Estado que se salve de la quema y que no esté puesta en cuestión con toda justicia. También esta versión de la democracia se está quedando sin crédito y habría que ir pensando en rescatarla.

Por llevar un orden, empecemos por la jefatura del Estado. No vamos a volver a la carga con el episodio de los elefantes o con el del yerno, pero resulta bien claro que la imagen de la Corona está gravemente comprometida. Tanto que, incluso desde sectores especialmente monárquicos, ha recibido críticas muy duras: el artículo en el que Zarzalejos consideraba que la monarquía había entrado en barrena lo ejemplifica perfectamente.

El lamentable espectáculo del Poder Judicial y sus semanas caribeñas (agravado con las excursiones marbellíes de su presidente, a quien eso de la transparencia le debe importar lo mismo que a mí el mundial de petanca) no hace mucho en defensa de una administración de justicia con una imagen pésima ante los ciudadanos: las imágenes con toneladas de expedientes amontonados en los aseos de los juzgados, las historias de asesinos reclamados por un juzgado que un día van a firmar por otra cosa a otro y no saltan las alarmas para detenerlos, los retrasos de años y años en los procedimientos muestran la inaceptable falta de medios con la que tienen que bregar los funcionarios. Y del Constitucional mejor ni hablamos. Bueno, sí: si de verdad hay una reforma constitucional pronto, liquídese, y que una sala del Supremo se encargue de sus funciones.

Lo del Gobierno no es menos preocupante. No parece nada fácil lo que ha logrado: mayoría absoluta aplastante y pérdida total de reputación en el ámbito internacional se han sucedido casi sin interrupción. Si Rajoy pensaba que con su sola llegada los mercados se iban a calmar, es un iluminado tan peligroso como acusó a su predecesor de serlo. Es más, no parece que haya muchas diferencias: la sensación de improvisación (vaya papelón con lo de Bankia) y de continuidad (miren lo que dice Lagarde) en las políticas económicas y financieras lo confirman. [Y luego esta Wert, lanzado en su papel de ministro peor valorado. Tendrá una entrada para el solito: se la ha ganado].

A las Cortes Generales tampoco les queda mucho crédito. A los que creemos que la política, los partidos y el parlamento son esenciales en democracia, el «no nos representan» lanzado por el 15-M nos resultaba pelín totalitario. Pero es muy difícil sentirse representado por unas cámaras en las que la vida diaria de la gente importa tan poco. El tiempo que las Cortes han dedicado a los recortes en educación y sanidad ha sido mínimo y deja muy malparada la función de control. Qué envidia dan cámaras como el Senado norteamericano, qué lástima que aquí no podamos tener una comisión como su comité de banca, para ver cómo sudan tinta los responsables de las entidades financieras que nos están mandando al infierno.

Los ayuntamientos, las comunidades, el Banco de España, los partidos… también tienen su crédito prácticamente agotado. Un excelente trabajo de Fernando Garea y José Luis Barbería describía ayer en El País el shock democrático que nos tiene groguis. Aquí seguiremos con este asunto. La urgencia indiscutible de lo económico no debe ocultarnos la gravedad de la crisis política, que está siendo aprovechada por los populistas de la peor especie, sentados en escaños de muchos parlamentos europeos y que en España ocupan muchas sillas en platós y columnas en periódicos. Y mejor si lo arreglamos nosotros. Sin ellos.