Delendae sunt nationes

Se celebra hoy el Día de Europa en uno de los momentos más convulsos —si no el más— de la historia de la Unión. Las elecciones celebradas el pasado domingo en Grecia y Francia marcan, por distintos motivos, un tiempo en el que Europa debe enfrentarse a decisiones muy graves sobre su futuro.

Probablemente fundamental en la construcción de los grandes Estados liberales en el siglo XIX, el nacionalismo se convirtió en el siglo XX —de Hitler a ETA, de Franco a Milošević— en el manatial del que brotaron los ríos de sangre más caudalosos de la historia de la humanidad. En el siglo XXI se resiste a quedar reducido a una rémora más o menos folklórica y se empeña en mantener su papel trágico. Gracias a las Comunidades Europeas creadas en los años cincuenta, poco después del final de la peor guerra conocida, Europa ha vivido su periodo de paz más largo; gracias a ellas y a la actual Unión, las enormes diferencias de desarrollo entre los Estados del continente se han ido reduciendo. Europa iba siendo mejor cuando las viejas naciones iban cediendo soberanía.

Hoy, en esta vuelta absurda y seguramente suicida a los años treinta del siglo pasado, el nacionalismo no se limita a asomar su repugnante pezuña por debajo de la puerta, sino que se ha quitado los disfraces y muestra sus garras sin recato. Con menos soberanía de las naciones y más soberanía de la Unión, con un verdadero gobierno federal europeo (político y, por supuesto, económico), la puesta en marcha de la moneda común habría acarreado problemas mucho menores que los que estamos viviendo. Pero no: ya no son solo Finlandia, Austria, Hungría o los Países Bajos (por poner unos pocos ejemplos) las únicas regiones europeas en las que (guardando algunas apariencias democráticas) los ultranacionalistas ganan peso electoral; los resultados del Front National en Francia o el aterrador grupo nazi (de neo-, nada: nazi, nazi) que ha obtenido 21 escaños en las elecciones griegas nos muestran bien claramente que hay lecciones que no hemos aprendido.

El nacionalismo es uno de los peores enemigos con los que nos enfrentamos. Y combatir el nacionalismo ajeno con el propio es decididamente absurdo. La lucha eficaz contra el nacionalismo empieza por renunciar al propio: no se combate el catalanismo con españolismo o viceversa. Tal cosa no haría más que confirmar aquella frase que muchos atribuyen a Josep Pla (dicen que dijo que «el nacionalisme és com un pet, només li agrada a qui se’l tira», vaya usted a saber si la frase era cierta o apócrifa).

Más Unión, menos naciones. Feliz Día de Europa.

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