Han vuelto

No son pocos los que, como el nobel Paul Krugman en un artículo reciente, creen que Europa está reproduciendo cada vez más fielmente los años treinta del siglo pasado. No solo la crisis económica se parece a la de aquella época: resultados como los obtenidos por Marine Le Pen en la primera vuelta de las presidenciales francesas añaden inquietud al futuro del continente.

Le Pen no es la única que ha lanzado mensajes ultranacionalistas en la campaña electoral. Sarkozy se descolgó un día con una propuesta para reformar el Acuerdo de Schengen de modo que se restrinja la entrada de extranjeros en los Estados de la Unión. Y tampoco es Francia el único país que transita por caminos tan vidriosos: la reciente reforma constitucional húngara y los resultados de partidos ultraderechistas como el Partido por la Libertad (tercero más votado en las elecciones holandesas de 2010 y en la coalición de gobierno hasta hace unos días) o los Auténticos Finlandeses (un 19 % en las elecciones del año pasado) son otros ejemplos —la lista es más larga— del relativo auge de grupos políticos que nos conectan, efectivamente, con los años treinta.

En España, la ministra de Sanidad, miembro de un partido al que no se le supone homologable con los citados sino fundado sobre el humanismo cristiano, ha señalado la asistencia a algunos extranjeros como una de las causas de la crítica situación del sistema público de salud. En consecuencia, a finales del verano los extranjeros sin papeles perderán su derecho a la atención sanitaria. Además de que el ahorro que se argumenta es más que discutible (los enfermos crónicos sin acceso a atención primaria recurrirán a las urgencias, a las que seguirán teniendo derecho —solo faltaba— y que son más caras) y del riesgo sanitario para la población general que acarrea la falta de control sobre ciertas enfermedades infecciosas, la obsesión por cuadrar las cuentas a cualquier precio puede tener consecuencias dramáticas.

El doctor Federico Pulido, especialista en VIH en el Hospital Universitario 12 de Octubre de Madrid, lo explica con total claridad en una estremecedora carta al director que debería ser de lectura obligatoria. Al perder su tarjeta sanitaria, los extranjeros en situación irregular que él atiende dejarán de recibir su tratamiento antirretroviral. Y, muy probablemente, morirán.

La nauseabunda práctica de estigmatizar a los extranjeros responsabilizándolos de los males de la patria cruza de nuevo Europa. Sus ideólogos han vuelto. O quizá nunca llegaron a irse.

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